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El
arte llevado a la vida
Gonzalo Fernández Parrilla |
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Catálogo
"El arte llevado a la vida, Obra gráfica 1988-2000" |
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Hubo
un tiempo, no tan lejano, en que las exposiciones de artistas marroquíes
las acogían en España instituciones como el Museo Etnográfico.
Este aparente azar tiene sin duda relación con la particular idiosincrasia
de las relaciones hispano-marroquíes. A las cicatrices -muchas
de ellas sin restañar- de unas relaciones seculares, hay que añadir
el episodio del colonialismo español en Marruecos. Cabe recordar
a este respecto que una de las instituciones clave del aparato colonial
español en el Norte de África, la que se ocupaba del factor
humano, se denominaba precisamente la Delegación de Asuntos Indígenas.
A la experiencia colonial hay que sumar el broche que supuso de la involucración
de tropas indígenas marroquíes en la traumática guerra
civil española.
Tras la independencia de Marruecos en 1956, las relaciones entre ambos países han estado marcadas por una retórica evocadora de esa historia común, que ha encubierto siempre un déficit de conocimiento de las realidades mutuas. Ese letargo de las relaciones poscoloniales comienza a tocar a su fin con el imparable aumento de las relaciones humanas entre Marruecos y España fruto de la inmigración. En el ámbito de las artes plásticas esta tónica llegaba simbólicamente a su final durante el año 2000 con una serie de acontecimientos coincidentes entre los que cabe destacar que Marruecos fue país invitado en la VIII edición del Salón Internacional de Obra Gráfica Estampa, la exposición Arte Contemporáneo de Marruecos, organizada por el Institut Català de la Mediterrània y el comienzo de la itinerancia de la exposición mixta Tawassul-Re.Encuentros organizada por la Asociación del Mediterráneo Occidental. No obstante este punto de inflexión, hay que recordar que ya en 1980 la Fundación Joan Miró fue pionera en este terreno con la exposición Arte Contemporáneo de Marruecos. A mediados de los noventa también el colectivo Ras el Hanut organizaba diversas exposiciones mixtas. Son síntomas de que estas relaciones se alejan de las retóricas oficialistas huecas y comienzan a abrirse a otros horizontes más allá de los institucionales. LA EMERGENCIA DE
LA PLÁSTICA MARROQUÍ CONTEMPORÁNEA Tras la interrupción que los colonialismos supusieron en el hipotético curso natural de la vida política y cultural de Marruecos, y una vez liberado del yugo del colonialismo, políticos, intelectuales y artistas se consagraron a la búsqueda de unas señas de identidad propias, que tuvo también su plasmación en las artes plásticas. Tras la euforia
independentista, en la década de los sesenta Marruecos vivió
una efervescencia política y poética -en el más
amplio de los sentidos- que tuvo su correlato en las artes plásticas
con la emergencia de una primera generación de pintores formados
en el Marruecos independiente. Tras un relativo vacío institucional
en el ámbito de las artes plásticas en el Marruecos independiente
se inauguraron galerías como Bab Rouah y La Découverte,
se fundaron revistas como al-Ishara e Intégral, se nacionalizaron
y adaptaron las antiguas escuelas de Bellas Artes de Tetuán y
Casablanca -por ejemplo se introdujo como materia la caligrafía
con esa vocación de entroncar con la tradición-, se elaboraron
los primeros manifiestos, se crearon diversas asociaciones de artes
plásticas y se organizaron las primeras exposiciones colectivas
como la que en 1969 se celebró en la plaza Xma el Fna de Marraquech
y en la plaza 12 de noviembre de Casablanca, cuya vocación era
llevar el arte moderno a la calle, abrirse a un público más
amplio, a las vanguardias, según rezaba el manifiesto. En 1978
tenía lugar la primera edición del Festival de Arcila
(Asilah) que va a contribuir especialmente al desarrollo del muralismo
marroquí. En la década de los sesenta los artistas marroquíes
buscaron aunar tradición y modernidad y modernidad. La pintura
marroquí contemporánea es una de las manifestaciones de
ese proceso de construcción de una identidad nacional que tuvo
lugar en el Marruecos poscolonial. A pesar de que, como apuntó Claudio Guillén para el ámbito literario, las vanguardias son un lujo que las culturas emergentes no se pueden permitir, la pintura marroquí va a enlazar enseguida con las vanguardias mundiales. Los más destacados artistas de esta primera generación de la vanguardia fueron Cherkaoui y Gharbaoui. En la década de los setenta los teóricos rupturistas del movimiento pictórico marroquí van a rechazar simultáneamente el extendido recurso al arte naif, el orientalismo folclórico y los rigores academicistas de las escuelas de Bellas Artes. Además del
arte naif, que nunca ha dejado de ser cultivado y cuyo estatus es hoy
en día ambiguo, otra de las corrientes iniciales que tuvo más
desarrollo fue una escuela figurativa de tintes orientalizantes, surgida
de las escuelas de Bellas Artes que en las últimas décadas
del siglo XX se abría a horizontes surrealistas. Pero una de
las más poderosas tendencias de la pintura marroquí ha
sido la abstracción, tanto el expresionismo abstracto como la
abstracción geométrica que buscaba enlazar con la tradición
islámica. A estas corrientes, que cohabitan, hay que añadir
otra importante tendencia consistente en el recurso a la simbología
de las artes populares, de la caligrafía, de las artesanías
del cuero y el tejido de alfombras, así como de diversos amuletos
de la cultura popular. Secuela del espíritu colonial es esa tendencia a circunscribir otras culturas en modos de expresión primitivos. Del mismo modo que Fanon o Said han puesto al descubierto el hábito de reducir los sujetos colonizados a su primitiva oralidad, se relega también la expresión plástica a las artes populares o, como mucho, se tolera el arte naif, satisfaciendo así las expectativas y necesidades de seres civilizados y, por tanto, superiores. Cabe recordar a aquellos extranjeros de Tánger que apadrinaban a niños de la calle y les daban pinceles para que desarrollaran su espontaneidad indígena. Los polos entre
los que a menudo se tiene que mover un artista procedente de otras latitudes
merecen ser recordados. Por un lado, conviene ajustarse a las expectativas
de exotismo que le otorgan su origen geográfico y cultural. Por
otro, el artista emigrado se nutre más que ningún otro
de todos los lenguajes a su alcance. Los elementos folclóricos
o etnográficos se convierten en meramente anecdóticos,
son tan sólo un elemento más de universos ricos, multilingües
y polifónicos, de lenguajes esperánticos de los que todos
entendemos algo, pero que pocos llegan a comprender en su totalidad.
El artista palestino Kamal Bullata ha expuesto en alguno de sus ensayos
esta tesitura en la que a menudo se ha encontrado en Francia, Italia
o Estados Unidos. La personal síntesis que emana de la asimilación
de elementos distintos sin reniegos conduce antes o después a
rebelarse también contra los rígidos encasillamientos
étnico-culturales. El artista inmerso en la liberación
de sus propias ataduras se ve así abocado a liberarse de otras
nuevas que se le imponen, rebelándose para no ser una curiosidad
etno. Formado en esa mezcla tan característica de las sociedades poscoloniales como lo es el haber sido formado en un centro como la Escuela Nacional de Bellas Artes de Tetuán, heredero de la ortodoxia academicista y del orientalismo pictórico en un Marruecos a la búsqueda de sus propias señas donde se engullían con voracidad las nuevas corrientes expresivas mundiales, que remata con sus años en Bellas Artes de Madrid. El Messari creador de esta obra gráfica es el artesano par excellence, respetuoso con la técnica, laborioso como una hormiga pero sin poder acallar -en el color y las formas- sus dotes de artista. Su sibarítica
aproximación a las texturas hace que a veces consiga esos fondos
de nieve recién caída o que reproduzca con verosimilitud
la atmósfera del fondo de los mares. Fauna y flora improbables
que pueblan las simas de su imaginación. Aguas esmeraldas de
estanques encantados. Bodegones submarinos. Mundos subacuáticos
donde nos encontramos sofisticadas coreografías de algas y peces,
lluvias de meteoritos, fuegos artificiales, espermatozoides a la carrera
por fecundar atractivos óvulos multicolores que engendrarían
criaturas inimaginables. Parco en medios alusivos nos sumerge en sus
mundos abisales donde tan pronto nos topamos con talismanes desprovistos
de función como entrevemos elementos de la cultura pop española. En algunas obras se trasluce esa fascinación por la tecnología que conjuga con un respeto sincero por la naturaleza, por el mundo en que vivimos, por las ciudades y sobre todo por los seres humanos. Con su mirada de gran angular, que le aleja de sí mismo, es capaz de percibir la auténtica dimensión del ser humano. Su obsesión por el equilibrio no sólo se manifiesta en los colores. Sus líneas curvas y fugaces crean recorridos inmóviles, equilibrios imposibles, movimientos que ponen al descubierto su otra gran obsesión, que le viene de la música: el ritmo. La ironía vital que le anima se trasluce también en muchos de los títulos. Sensibilidad, ironía, ritmo, imaginación, tesón, alegría, sabores... no hay palabras suficientes. Tal vez arte y vida, juntas. |