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Como esas obras literarias
que se resisten a ser etiquetadas, que, incluso sin haberlo buscado premeditadamente,
rompen los moldes de los géneros tradicionales, (no son novela,
ni poesía ni ensayo ni autobiografía), así en Reflexiones
especulares abunda la obra gráfica, sin duda el género
vertebral de esta exposición y quizá de toda la obra de
Said Messari, pero convive con la pintura, esculturctura.
La obstinada fragmentación no sólo de géneros, sino
también de formas y formatos, nos sitúa ante una suerte
de puesta en abismo que, sin alardes teóricos, constituye un envite
decidido a las fronteras genéricas y de todo tipo. Reflexión
que viene de lejos y a la que Messari había ya dedicado sus últimos
trabajos, como la serie Parabólicas o las instalaciones
de Canal Estrecho, donde abordaba las contradicciones del mundo
en que vivimos en un punto concreto de la geografía: el Estrecho
de Gibraltar. Lugar bello y atroz, el Estrecho ensanchado hasta convertirse
en abismo insalvable y mortífero. Unas fronteras arbitrarias que
traspasan las mercancías, las ondas de televisión y de los
teléfonos móviles, las del mar, el aire, los sueños,
pero no las personas de carne y hueso.
El grabado en fuga de su formato tradicional emprende un viaje hacia otros
mundos, para mostrarnos que puede doblegar las formas a su versátil
naturaleza, que no es otra que la de la mano firme de quien lo trabaja.
La fuerza con la que se somete a los elementos no es agresiva. La domesticación
y flexión de la madera es amable, incluso cariñosa. Las
piruetas formales no son saltos en el vacío, sino reflejo del lento
discurrir del trabajo cotidiano y reflexivo.
Parece predominar la introspección, una especie de perspectiva
interna que, a veces, se desborda en una reflectividad que no es ensimismada
sino empática con lo que le rodea.
Los tonos tétricos de las tintas desparramadas por esas formas
imposibles, incluso de tres y más dimensiones, nos introducen en
un espacio onírico y espectral que se ve reforzado con la presencia
de elementos como un cabezal de cama de madera que, como esos talismanes
de los indios nativos de Norteamérica, parecería diseñado
para atrapar nuestras peores pesadillas.
La sobriedad, a veces rayana en la tristeza, de la obra gráfica
contrasta con el color desbordante de la pintura y la instalación.
Los pequeños cuadros, que son como microcuentos, constituyen un
contrapunto refractarias ventanas de esperanza al tránsito no siempre
fácil por el mundo.
La instalación, podríamos calificarla de histórica,
si ese subgénero existiera. Se trata de una obra homenaje que recorre
años de España y de la vida española: de su vida.
Las coordenadas cinematográficas y literarias dejan entrever aquel
primer contacto, la pasión desbordante del rojo que todo lo inundaba
en aquellos años ahora ya lejanos. Y todo sin nostalgia.
Reflexiones especulares es un recorrido posible por ámbitos
cotidianos y formas improbables, laberintos soñados y reales. Los
de la vida misma, y los del otro lado de ese cabezal refrangible.
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